16 de mayo de 2020
Existe una palabra diminuta, apenas dos sÃlabas. Aguda como la vida misma. Intima, cálida, escueta. Fácil de pronunciar pero difÃcil de ejercer. El amor.
La música y la palabra son su mejor aliado. Número uno envuelto en superventas, aplauso interminable que se pierde entre bambalinas, epÃstola enamorada que enlaza ritos y ceremonias.
El amor es bipolar, ardiente y gélido al mismo tiempo. En un instante pasa del cielo al infierno sin hacer posada en el purgatorio. Pero también es plenitud, acariciar el cosmos con los dedos, saborear mañanas, encender atardeceres.
Se hace cómplice secreto, buscador de lo prohibido, arrullador en las sombras, explosión de sensaciones. Se vuelve pasión intensa, arrebato, erotismo cuando por sus venas fluye simiente de juventud.
La madurez lo va encauzando hacia el cariño pausado, sin olvidar derramarse en brazos del frenesÃ. Los hijos, los esfuerzos van repartiendo su razón hacia otros menesteres. Mas el amor continúa uniendo y separando. Abriendo nuevos caminos. Ayudando en sinsabores, haciéndolos superar.
Cuando las canas invaden el crepúsculo de la vida, el amor se transforma en ferviente compañero. Amigo, encubridor, partÃcipe, sostén. Báculo que apoya, que sujeta, que conforta el ajado esfuerzo por seguir viviendo. Y asÃ, mano junto a mano, beso sobre beso, caricia entre caricia se vuelve empuje que nada ni nadie puede detener.
Por eso, aunque los años se sucedan. Aunque las fuerzas flaqueen, aunque la misión encomendada se vea ya concluida, el amor seguirá allÃ, presente. Tranquilizando silencios, compartiendo recompensas, sembrando luces de neón en horizontes infinitos.
Amor por siempre, amor. Amor eterno.
1 Comentarios
Qué bien has descrito el amor en sus diferentes fases, Juan
ResponderEliminarAlicia A