Pocas pasiones acechan ya mis días. Pocas, confesables. Y de las otras, muchísimas menos.

Con el transcurrir de los años se van uniendo a tu caminar por la vida,  personajes, lugares, sensaciones, arrebatos, sentimientos, aficiones que, poco a poco, van cincelando tu imagen hasta modelar la obra final. Tu propio ser.

La adoración por los padres es el estadio inicial. Luego, el deseo por saber, por descubrir, va creando nuevas fases hasta completarlas todas. Pero realmente, pasiones, pasiones tenemos pocas. Mas bien son aficiones que, al principio se cogen con mucha fuerza y pronto se dejan aparcadas en la mesilla de noche.

Como decía, tengo pocos delirios. Sin que esto se interprete por locura. Dejando a un lado los que se  presuponen, la lista es casi trina. La informática, la escritura y la cocina. La música está aún en el limbo de los justos, próxima ya a subir al cielo.

Las tres tienen un punto en común. La creatividad. Las tres representan escenarios de la vida. El material, el espiritual y el social.

La escritura fue y es mi primera gran pasión. Los incipientes ripios de amor. Las rimas que cercan el  desaliento. Los poemas pletóricos de besos cómplices y caricias aturdidas. El arrullo a los hijos, acunados entre nanas. Y al final, el silencio. Tras la temprana muerte de mi mejor amigo, la inspiración se fue con él y me abandonó, hasta hace bien poco.

Luego llegó la informática que en parte taponó ese agujero de dolor, por el que se desangraba la pena, por la marcha del ausente.

 Aquí, descubrí, que también se riman conceptos. Pero mucho menos libres, más rigurosos  que  en un soneto. Ya no escribía sobre cuartillas marchitas sino en monitores, al principio aceitunados, al final serenos.

Diseñé bocetos mezclando palabras, puntos, cifras, signos, esfuerzos hasta lograr que obedecieran y ejecutasen mis pensamientos. Era casi, casi como sentirse un pequeño dios en miniatura. Y con esta pasión, con más moderación que antaño,  aún continúo.

Y la última en llegar fue la cocina. Qué razón tenía Santa Teresa al proclamar que "entre los pucheros anda Dios" .

Hace años que ya trasteo con los fogones. Al principio, algún destrozo ocasioné en el intento. Seguro que, encerrados en sus botes de cristal, alineados entre las alacenas de la despensa, los condimentos y demás especias aplaudían jocosos, mi torpeza de novato.

Pero los años, los libros, los consejos, los Iranzo, los Barredo, la tenacidad, la  pasión y un toque de ingenio han logrado que me sienta seguro, realizado, sin temor al desafío. Ya mezclo, combino, experimento, creo.

Y si en esa pasión desatada se te agrega tu nieto y te ayuda a recrear postres, a mezclar esfuerzos, a tamizar los sentidos, a sazonar lo insulso, a confitar tristezas, pienso, como Teresa de Jesús, que estoy levitando al cielo.

Las pasiones forman, forjan, dan carácter. Disfrutemos de las nuestras y compartámoslas con los demás. Seguro que todos saldremos ganando.