Sacamos la guÃa del bolsillo. Los más modernos la llevan traspapelada en el móvil. Calculamos nuestro entorno. Mis cuatro puntos cardinales: Puente de América, estación de Goya, BasÃlica de Santa Engracia , Pabellón PrÃncipe Felipe. Este es el cÃrculo por donde puedo deambular. No sé que sucederÃa si me saliera de él. Mejor ni lo intento, no sea que salten las alarmas.
La mayorÃa salen con prudencia. Intentan no mezclarse. Guardan las distancias. Incluso si se coincide por alguna acera estrecha, meten tripa para no rozar al adversario.
Eso sÃ. Todos protegidos, embozados hasta las cejas. Zaragoza parece un enorme hospital por donde transcurren enfermeras, médicos, anestesistas, celadores buscando, desesperados, un quirófano. Mientras, los pacientes hacen filas ordenadas, esperando que llegue su turno.
Elena, mi mujer, me dice que algo ha cambiado. Que nada es igual. Que en su primer paseo obligado por la imperiosa necesidad de lograr una mascarilla, ha sentido sensaciones contrapuestas. La soledad, el automatismo de la gente. Ver a un buen amigo y tan sólo levantar la mano, como pidiendo la palabra, para casi no decirle nada. Los largas conversaciones se han trasladado a las redes sociales.
Por otro lado, el sentir el viento en el rostro. La calidez de la mañana. La alegrÃa por pisar de nuevo el asfalto. La emoción de tropezar con la pÃcara baldosa, de esquivar la bici mal aparcada. Eso no se paga con dinero. Felicidad henchida a tope.
Luego vendrán más prebendas si somos capaces de portarnos bien. Tiendas abiertas, peluquerÃas agobiadas, zapateros remendones, sastrecillos valientes... Una a una, como si de un efecto dominó se tratara, se irán abriendo puertas que han permanecido tanto tiempo cerradas y el tono gris de la ciudad dará paso a pinceladas de color que acicalarán de nuevo su aburrido semblante.
Entre todos lo lograremos. Volveremos a sonreÃr.
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