Un pueblo pequeño, una historia baldía. Un reino de latón y un futuro incierto.
Una lejana mañana, sobre el cielo de este feudo, un cierzo de soledad se apoderó de sus gentes. Sus habitantes veían cómo un azote inflexible se vertía entre sus vidas y secuestraba su tiempo.
El Rey reunió a sus nobles. Los nobles a los guerreros.Los guerreros a los monjes. Y entre todos, sin acuerdos, nunca hallaron soluciones.
Los magos del lugar se afanaban en elaborar pócimas: ancas de rana, polvo de estrellas, crines de caballo, sangre de doncellas. Pero los brebajes no servían de nada.
Brujos y hechiceros se unían en aquelarres alrededor de marmitas, invocando soluciones que nunca jamás llegaron.
Los asesores del Rey poco ya asesoraban. Aportaban consignas contrapuestas. Decantaban en otros sus fracasos y buscaban en los caballeros del lugar, algún que otro designio.
Los caballeros hacían oídos sordos. Miraban para otro lado y sólo blandían argucias que aumentaban el dolor.
Solamente los vasallos abrumados, indefensos ponían todas sus fuerzas para reparar sus días. Herreros, yunques, barberos, navajas de doble filo. Labradores abnegados, arado, surcos, simientes. Juglares de verso abierto esparciendo recitales por plazuelas y por claustros.
Mientras, los nobles, asesores, caballeros, brujos, hechiceros, magos seguían vociferando sin tan siquiera escucharse.
Un día el cierzo cesó. La soledad quedó aislada y así el tiempo se liberó y volvió la vida al Reino.
No fue por los asesores, ni por nobles caballeros, fue gracias al pueblo llano que supo estar a la altura.
Y colorín, colorado este cuento amargo se ha terminado.
" Cuéntame un cuento " - Celtas Cortos
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