Entramos en la cuarta semana de reflexión.

Este año los ejercicios cuaresmales están durando un poco más de la cuenta. Hemos buceado en nuestro ser, nos hemos flagelado con nuestros defectos, hemos hecho actos de contrición,  hemos hablado y  hablado con nuestro raciocinio  hasta llegarnos a hartar.

Y seguimos recogidos. Los gurús del saberlo llevar, nos hablan de rutinas para acotar nuestro tiempo. Ahora que las habíamos desterrado. Ahora que estábamos solos con nosotros mismos.  Ahora que nos habíamos convertido en anarquistas de la obligación. Ahora que viajábamos en soledad sin rumbo y sin alforjas...

Pues no. Hay que crearse rutinas. Rutinas para aliviar nuestro tiempo.  Rutinas al levantar: no holgazanear entre las sábanas. Rutinas para vestirnos como si fuésemos a salir: no vale refugiarse en el pijama. Rutinas para movernos a ritmo de bachata o de marcha militar. Paseos interminables por el pasillo, convertido en avenida,  perseguidos por esos malditos cuentapasos que casi todos llevamos aprisionando nuestras muñecas. Rutinas para acicalar la casa: más plumero, menos pelusas, más escobas, menos roombas celestiales...

Rutinas, siempre rutinas. Dicen, los entendidos, que nos irán bien en estos momentos de confusión. Mas no saben que sus férreas  y soportables rutinas nos hacen desear  aún más, la libertad de nuestra rutina anterior.

Déjennos también, para conciliar el tiempo, rutinas del pensamiento: acariciar la mañana. Deshojar las soledades.  Precipitarnos al mar, desde acantilados de ilusión. Recibir el abrazo furtivo y sincero de una balada. Entonar mil palabras, recitar un silencio. Rutinas que sanen el alma, que agiten el corazón. Rutinas que detengan o aceleren  nuestro tiempo en el reloj de la vida.

Rutinas firmes para el cuerpo. Sutiles y apasionadas rutinas para el amor.



El Reloj - Taburete