Esta mañana he amanecido precipitadamente. He acelerado mis pasos hasta el rincón de la cocina que guarda con celo los días del año. Allí, colgado del tiempo, he comprobado lo que me temía. Hoy es 29 de Abril.

Un sudor frío ha recorrido mi espalda. Sin pensarlo he rebuscado entre las cosas de mi nieto por ver si encontraba algún yelmo que protegiera mis canas. Al final un casco de bombero ha servido. Un poco justo pero una emergencia es una emergencia. Luego he desempolvado  el catalejo de mi abuelo que guardo entre nostalgias y afectos y me he subido a la atalaya de mi terraza.

Lo primero, otear el horizonte. Cielo limpio, azul, transparente. Alguna pequeña nube tras el edificio que lo limita. Por lo demás, todo en orden. Ni rastro del asteroide 1998 QR2.

Había llegado a tiempo. El desastre aún no se había producido... Desde ahora mismo me proclamo vigía de mi barrio, guardián de la humanidad. Todo, por ahora, está en calma.

Las pocas palomas que se ven continúan persiguiéndose con asiduidad enfermiza. Las sábanas  siguen trenzando su vals, al ritmo que marca el cierzo, prendidas entre balcones. Las calles permanecen desiertas tan solo alteradas por las risas de algún niño... Del aerolito gigante, ni rastro.

He decidido aparcar el sombrero apagafuegos, reposar con cuidado la mirilla alargada de pirata y hacer un pacto con el sol que me abrasa. Un destello de luz, un aliento de música y un poco de café, la mezcla perfecta para olvidar catastróficas y apocalípticas profecías y relajar la mirada.

A las once se le espera. Miro el reloj. Son las doce, una hora menos en Canarias...

El peligro ya ha pasado. Todo sigue como antes: palomas enamoradas, sábanas hechas jirones, calles atormentadas, el sol  firme allá en lo alto y alguna nube prendada entre el azul firmamento  y el blanco de sus enaguas.

La vida reposa con calma. Todo sigue en su lugar ...



Blowin' in the Wind -Bob Dylan